miércoles, 24 de agosto de 2016

Alba

Le pesaba; le pesaba tanto que no estaba segura de si iba a ser capaz de aguantarlo mucho tiempo.
Y le dolía; le dolía mucho, como un rasguido en su corazón, como una herida abierta.
Pero tenía que hacerlo.
—No… no lo entiendo.
La voz de él sonó cálida, triste, desconcertada. Alzó la mirada y se sorprendió al leer en sus ojos lo mismo que sentía ella en ese momento. Parpadeó y notó las mejillas mojadas.
—Lo siento. Lo siento —fue lo único que pudo decir.
—¿Pero he hecho algo? ¿Ha pasado algo? No lo entiendo. ¿Por qué…?
Suspiró. Contuvo un sollozo. Suspiró otra vez.
—No. Tú no has hecho nada. No tienes la culpa de nada. Soy yo; soy sólo yo.
Sus cejas negras de él se fruncieron.
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Ocurre algo?
Mientras lo decía, deslizó las yemas de los dedos por sus mejillas, y bajó el brazo hasta sostener su mano entre las suyas.
Pero ella, con delicadeza pero firme, se soltó.
—Ya te lo he dicho. Lo siento, pero tengo que hacerlo —con un esfuerzo sobrehumano, alzó la cabeza y clavó sus ojos vidriosos en él de nuevo—. Es lo mejor para los dos. Pero, sobre todo, para mí.
Le dio un rápido beso en la mejilla, lo miró una vez más, guardando en su memoria cada uno de sus rasgos al milímetro, esas cejas, esos ojos, esa nariz, esos labios, para que luego pudiera dibujarlo en sus sueños y en sus recuerdos. Le esbozó media sonrisa, cargada de significado. Entonces dio media vuelta y empezó a caminar. Él no la siguió.

Los primeros pasos fueron los más difíciles. No pudo contener el llanto, aunque lo intentó, y las lágrimas trazaron surcos brillantes en sus mejillas sonrosadas, cayeron al suelo, se confundieron con la tierra oscura y la hierba renacida. Al cabo de un minuto, se paró y se dobló, agarrándose por la cintura, como si el dolor se hiciera físico. Pero no se dio la vuelta. No; debía hacerlo. Aunque doliera. Aunque doliera más que nunca. Debía hacerlo.
Se irguió, parpadeó. La campiña se vio sacudida por un viento helado. Insufló ese aire y agradeció el frío que se coló por su garganta. Se quitó las lágrimas con las manos en un gesto certero, y reanudó la marcha. Se cogió las faldas para acelerar el paso. Su bota izquierda pisó un charco, pero no le dio importancia. La mirada al frente, no podía dejar de mirar al frente. Era lo único que le quedaba, pero también lo mejor. Si se hubiese quedado, habría estado satisfecha, pero no feliz. Si se hubiese quedado, habría sonreído fácilmente, pero no mucho tiempo.
El siguiente sollozo se mezcló con una carcajada. Las lágrimas se mezclaron con una sonrisa cargada de esperanza. El futuro se mezcló con el presente. El dolor parecía quedar cada vez más atrás, paso a paso, igual que la sensación de andar perdida; porque no estaba perdida, se recordó, sino todo lo contrario. Había escogido ese camino para encontrarse a sí misma.
Algo dejó de pesarle en el alma, y esta se volvió ligera como un colibrí para sobrevolar ese campo húmedo y frío. Y el sol, que apareció en el horizonte lentamente, le trajo calor, luz y libertad.


Laura TvdB, 24 de agosto de 2016.

2 comentarios:

  1. Ya llevabas tiempo sin traer uno de tus mini relatos. Me gusta por la difícil decisión de tu protagonista y su final con esperanza. Si es una ruptura amorosa o un trago amargo de cualquier índole eso queda para nuestra imaginación.

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  2. Mira, quiero más de ESTO. Y de todo lo que escribes. Libro YA, jopéeeeeeeee.

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