miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nada.


Nada era nada; apenas era un espíritu que se deambulaba por las calles, sin sentimientos ni voluntad. Nada era un ente alicaído, que no tenía utilidad ni tampoco fin, y sin embargo rondaba alrededor de las personas como si formara parte de ellas. De vez en cuando se veía que dudaba entre quedarse con una víctima o pasar a la siguiente. Sí, Nada dudaba, aunque sus decisiones eran igual de huecas, y le daba lo mismo la una que la otra. Parecía que Nada no hacía nada. Y era cierto, pero no era cierto. ¿Cómo? ¿Cómo puede algo ser inocuo y justamente por ello convertirse en letal? ¿Cómo puede algo que no tiene cuerpo, ni alma, ni forma, ser capaz de influir tanto en alguien? Nada no era consciente de eso, no era consciente de nada, pero continuaba con su tarea insulsa, inservible e inhumana. La gente no se percataba de que existía, simplemente comenzaba a sentirse pusilánime sin motivo. Y por eso mismo nadie intentaba matar a Nada; porque no sabían el daño que llegaba a hacer. Nada era vacío y negrura, y justo con esas dos armas (y con un poco de insensibilidad) oscurecía las vidas de sus víctimas y las pintaba de gris, de negro, de blanco… de nada.

Laura TvdB, 16 de septiembre de 2015.