domingo, 19 de febrero de 2017

Fragmento del "Proyecto Cat" (III).

Se paró delante de ella e hizo una profunda reverencia. La sonrisa desapareció con lentitud, dando paso a su habitual gesto neutro.
—Mi señora Catalina.
Ella le devolvió el saludo.
—Mi señor Gabriel. Bienvenido a vuestra casa.
—Gracias.
—¿Cómo han ido las batallas?
—Muy bien. Hemos vencido y recuperado toda la ribera del Fontana. Y Guadalbey vuelve a ser nuestro.
Trató de recordar dónde estaba el castillo de Guadalbey, pero no lo consiguió, de modo que hizo un leve asentimiento.
—Me alegro. Y también me alegro de que hayáis regresado ileso.
Don Gabriel asintió a su vez y se dirigió a los caballeros. El recibimiento había terminado.

Aquella noche no cenaron juntos. Algunos de los caballeros de su esposo se quedarían allí unos días antes de marchar a sus respectivos hogares, de modo que la cena, a petición de don Gabriel, fue «privada, por asuntos de guerra». Catalina intentó tragarse la decepción que aquello supuso, después de haber organizado los platos y el comedor, después incluso de haber contratado a un prestigioso trovador de batallas épicas. Acompañó a don Gabriel en la comida, durante la cual mantuvieron una conversación vacía, y se cruzaron por la tarde en algún pasillo. Nada más. Por la noche ni siquiera quiso probar bocado. Se sentía demasiado abandonada como para recordárselo en una mesa vacía.
Para no torturarse más, se dispuso a leer un rato en su salita. Pero las letras danzaron delante de sus ojos y no se pudo concentrar. Gracias a Dios, desde ahí arriba no podía escuchar el jaleo que armaban los hombres de su marido. Solo esperaba que él no se emborrachara. Si lo hacía, las mañanas del día siguiente eran más cortantes que un cuchillo. ¿Visitaría su alcoba más tarde, o lo dejaría pasar? Intentó mentalizarse para lo primero, pero eso solamente empeoró su ánimo.

Un ruido la despertó de un sueño ligero horas después. Alzó la cabeza, asustada, y miró a la puerta. Don Gabriel acababa de abrirla.
—Buenas noches —se adelantó ella, parpadeando repetidamente para quitarse el desconcierto de encima.
—Buenas noches.
—¿Es muy tarde?
Su esposo cerró tras de sí y echó un vistazo a la sala antes de contestar:
—No. No demasiado.
Catalina calló, sorprendida. ¿Por qué, si no era tarde, había subido a verla? Dudaba que fuera por hablar con ella.
—Me gustaría hablar con vos.
Se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja, estupefacta.
—¿Sí?
Por el leve fruncimiento de labios de él adivinó que no le había agradado su reacción.
—¿Os importa si me siento?
Alzó las cejas.
—No, por supuesto —se incorporó un poco más en su asiento y le señaló el sillón que había enfrente. «Normalidad», se dijo. «Ante todo, normalidad y educación».
Gabriel se sentó y se cruzó de piernas. Miró unos segundos al fuego de la chimenea antes de volver sus ojos hacia ella. La luz variable le afilaba más los rasgos de la cara y la cicatriz de su ceja.
—Bueno, más bien quería preguntaros algo.
Catalina asintió lentamente. Antes de que él pudiera seguir hablando, ya supo lo que iba a decir. «¿Cómo no lo he adivinado antes?», se increpó. Tragó saliva.
Gabriel carraspeó, fijó su mirada en el suelo un momento y luego la alzó otra vez. Casi le marearon esos ojos claros y certeros como saetas.
—Sé que quizá puede que parezca algo estúpido… —volvió a carraspear y sacudió la cabeza—. ¿Estáis embarazada?
Catalina entreabrió los labios. Tuvo que volver a tragar saliva antes de contestar.
—Yo, eh… —por algún motivo era incapaz de desviar la mirada, y eso empeoraba la situación, porque los ojos de Gabriel se clavaban en ella, y dolían, a cada segundo dolían más—. Eh… no. No, no lo estoy.
Su marido parpadeó dos veces y suspiró.
—Me lo imaginaba —se levantó de un salto—. Parecía evidente, pero quería asegurarme. Perdonad la estupidez. Si lo estuvierais, se notaría, ¿verdad?
Catalina apenas pudo juntar la respuesta en su cabeza y se llevó una mano al collar, ocultando sus nervios.
—Sí. Sí, sí. Claro que se notaría —parpadeó varias veces, cabizbaja—. Lo… lo siento. Bu-bueno, yo… —la frase quedó colgando de sus labios, pues no supo qué añadir a eso, y terminó por callar.
Don Gabriel permaneció unos segundos más cruzado de brazos, evaluándola o evaluando algo que ella deseaba saber pero no sabía, como empezaba a ser usual, como empezaba a ser usual con él.
Su nudo de pensamientos se cortó cuando él se acercó y le ofreció la mano para levantarse. Vacilante, lo hizo. Gabriel alzó la otra mano y le acarició el cuello con el índice. Catalina se estremeció. Era una caricia hiriente.
—Os veré dentro de un rato en vuestros aposentos.

Dejó de sentir su tacto de repente. Don Gabriel se fue y cerró la puerta con un golpe. Catalina se quedó ahí, estática, dolida, aterrada.

(Sigo avanzando con mi novela, ¡ya llevo 75.000 palabras! Este fragmento pertenece más bien al comienzo. Espero que me digáis lo que os ha parecido. Por cierto, estoy activa en Twitter, Goodreads y Letterboxd, para tener contacto conmigo o ver mis actualizaciones en libros o películas).

1 comentario:

  1. Mira, yo no suelo leer dramas, guerras, tristeza ni nada por el estilo pero es que ha sido leer este fragmento y ya me he enamorado. ¡Vas a hacerme salir de mi zona de confort (y no se me ocurre halago más bonito que ese)!

    ¡Abrazos! <3

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