lunes, 22 de febrero de 2016

La noche estaba viva.

La noche estaba viva.
Eso decían, al menos. Lo decían todo el rato, parecía un lema que se habían propuesto repetir hasta la saciedad. Elena ya no sabía qué pensar, si era verdad o no. La noche estaba viva. La noche estaba viva.
Recordó las palabras de su madre:
—Elena, por favor te lo pido, cuando acabe la fiesta coge un taxi.
—Sí, mamá.
—Y no hagas ninguna locura. No aceptes bebidas raras ni cosas que te den. ¿Vale?
—Que sí, mamá.
—¡Y llévate el abrigo, que te vas a morir de frío!
—Vale.

Ahora estaba en la cola para entrar, charlando con sus amigos y tiritando, porque, efectivamente, hacía frío y, efectivamente, no iba bien abrigada. La emoción trepaba por sus venas en un cosquilleo agradable. Se oía el ruido de la música, un ritmo constante y monótono, como un preludio a la noche que acababa de empezar. Elena taconeó, impaciente, y sonrió con los comentarios de los demás. La cola se fue acortando hasta que llegó su turno. Un intercambio de entradas y dinero más tarde, junto con risitas nerviosas y retoques de maquillaje, y entraron en la discoteca.
Elena se vio subyugada por tantas cosas. Oscuridad, luces brillantes, ruidos que latían como un corazón, gritos de euforia, ruido de copas que se entrechocaban. Sonrió de nuevo. Alguien del grupo la cogió de la mano y la metió de lleno en la pista.
Sombras. Luces. Pies que se mueven, brazos al aire. Elena se dejó arrastrar por la corriente, porque era una corriente electrizante, en constante movimiento. Movió las caderas, entrelazó dedos, saltó. De vez en cuando se comunicaba con algún grito en el oído de su acompañante. Llegaron los demás del grupo, y siguieron bailando. La música atronadora emborronaba la mente y la transportaba a un lugar lejano e incorpóreo, y Elena se sentía libre, extrañamente libre.
Después de un rato, tuvo sed, y pidió algo de beber. Se lo tomó de una sentada y volvió a la pista. No localizó a sus amigos, pero no le importó y siguió a su aire. Unos minutos después alguien le tocó el hombro.
—Hola, guapa, ¿cómo te llamas?
Elena lo miró, armando el puzle de sus rasgos que dejaban ver las luces parpadeantes.
—Elena —respondió, con una sonrisa.
Ambos bailaron un buen rato. Volvió a beber, una copa, y otra más. Un mareo lánguido comenzaba a invadirle el cuerpo, pero no le importó. Lo importante era pasárselo bien, ¿no?
No supo cuánto tiempo había pasado, pero al cabo de un tiempo empezó a cansarse. Los oídos comenzaron a zumbar, sus ojos estaban secos, al igual que la boca. Elena sintió una gota de sudor recorrer su frente y se la quitó con asco. Se acercó al chico y le gritó:
—¡Oye! Me estoy cansando. ¿Vienes a sentarte un rato?
Él la miró y esbozó una sonrisilla.
—¿Cansada?
Paró de bailar y hundió la mano en un bolsillo de sus pantalones. Estuvo hurgando unos segundos, hasta que por fin sacó algo que Elena no consiguió identificar.
—Toma. Te la regalo. Es buena, en serio.
Ella miró lo que reposaba inocentemente en la mano de aquel joven. Era una pastilla. Recordó las palabras de su madre y de pronto ya no se sintió tan cómoda.
—Pero… yo no creo que eso…
—Eh, te digo que es buena. Lo único que hace es que no te canses. No tiene ningún efecto secundario, ni nada malo. Venga, que no pasa nada.
—Pero yo he oído que a veces…
—Que te digo que esta no. Confía en mí.
Elena dudó y lo intentó mirar a los ojos. Bueno, ¿qué más daba? Si le decía que no tenía efectos secundarios, sería verdad. Así que cogió la pastilla blanca y le dio las gracias en un murmullo que quedó taponado por el ruido de la sala.
Fueron a la barra por enésima vez. Elena suspiró, miró la pastilla y la copa alternativamente, y, encogiéndose de hombros, se la tragó.

Volvieron a la pista. Al principio no se sentía con ánimos; notaba el regusto del alcohol en su paladar y el resentimiento de sus músculos. Algo de desconfianza también carcomía su cerebro atrofiado. Pasó un minuto, dos, tres. Y, poco a poco, el ambiente cargado, los colores cegadores, el recuerdo del alcohol, todo eso se fue convirtiendo en algo nuevo. Con la canción nueva reanudó su baile. Primero con pasos inseguros, luego con más seguridad, y al cabo de un tiempo vitoreaba y saltaba como la que más. Se reencontró con su grupo. La noche estaba viva, ahora entendía la palabra. Un millón de fuegos artificiales se cruzaban por delante de sus ojos y en su interior, su corazón latía a toda velocidad, al igual que la música. Soltó una carcajada de júbilo. Alguien le devolvió la sonrisa. Elena cerró los ojos. Le ofrecieron otra bebida y aceptó sin fijarse lo que era.
Todo se intensificaba por momentos, y era una delicia. Los chillidos taladraban el tímpano, pero no importaba, porque la noche estaba viva y así lo expresaba. Las luces hacían que todo fuese confuso y mareante, pero exactamente eso era lo divertido, lo innovador. Elena empezó a tener calor, mucho calor. No le prestó atención al principio, pero luego se paró. Estaba sudando mucho. Trató de respirar profundamente y no lo consiguió. Se abanicó y, por primera vez en varias horas, quiso volver al mundo terrenal. Buscó al chico de antes, y no lo vio. Buscó al grupo, y no lo vio. Estaba sola. Pensó en que tal vez era muy tarde y tenía que volver, pero no se movió de su sitio. Se miró las manos brillantes y tragó saliva. Tenía ganas de vomitar.
Y entonces se cayó al suelo.

Durante varios segundos nadie reparó en Elena. El chico que había bailado con ella la había dejado sola hacía rato y se entretenía vendiendo pastillas a otra gente. Solamente una joven, cuando la vio, la levantó del suelo y pidió ayuda. Golpe de calor, oyeron por ahí. Sobredosis, dijo otro. Coma etílico, fue otro diagnóstico. La chica era consciente de lo que le había pasado y, mientras algunos atendían a Elena, abrió paso a empujones para buscar al responsable. En la barra lo encontró sin dificultad, pues no hacía ningún esfuerzo en ocultarse. Se acercó a él y le sonrió.
—Te compro todas —le dijo, con una pose divertida.
—¿Todas? No es barato, eh.
Ella se encogió de hombros. Cuando tuvo la bolsita en sus manos, agarró al chico del brazo y lo animó a bailar con ella en la pista. Ya había un notable grupo de personas alrededor de Elena, un par de médicos que la tumbaban sobre una camilla, y una persona preguntando por algún amigo o responsable. La joven anunció que tenía las mismas pastillas que Elena había tomado y señaló al camello. Lo prendieron, y él, sorprendido, no hizo un gran esfuerzo en rebelarse, pues ya no tenía forma de escaparse.
—Te has metido en un buen lío —le espetó ella.
Y habló con los médicos para poder ir con Elena en la ambulancia, cosa que le negaron.
—Pero ¿la conoces?
—No —respondió, sin darle importancia.
Preguntó por el hospital al que se dirigían y se dispuso a ir en taxi. Pero antes de que metieran a la chica en la ambulancia, se fijó en su rostro perlado y pálido, en su respiración débil, y se mordió el labio.


La noche ya no estaba tan viva.

Laura TvdB, diciembre de 2015.

Este relato lo escribí para un curso de escritura al que me he apuntado. Tenía que estar basado en un cuento clásico (un retelling), y escogí Caperucita Roja. Creo que se nota, ¿no?

2 comentarios:

  1. Muy bueno, me ha impresionado. Tu protagonista hace finalmente todo lo que le han aconsejado no hacer, por una vez no pasa nada, pensaba. Es distinto a lo que nos tienes acostumbrado, espero que sigas trayendo nuevas cosas.

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  2. ¡Hola, Laura!

    He leído tu relato y he podido ver en él la esencia de Caperucita Roja, pero en una versión actual y modernizada. Me ha gustado mucho. Además, creo que es algo obvio que has mejorado tu estilo con el paso del tiempo (yo por lo menos lo noto).
    Por cierto, me gusta mucho cómo has concluido el relato. Has empezado diciendo que "La noche estaba viva" y lo has cerrado dándole la vuelta. Me ha parecido un punto bastante fuerte, casi "cíclico" (no sabría definirlo de otro modo).

    Un beso, bonita. ^^

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