sábado, 1 de febrero de 2014

Adiós, mundo.

Empezamos bien febrero. Nuevo relato a vuestra disposición.

Adiós, mundo

Iba caminando por la calle desierta. Sus zapatillas pisaban el asfalto silenciosas, sin prisa pero sin pausa. Era la primera vez que caminaba en medio de la calzada, puesto que no venía ningún coche, no había ningún viandante. Estaba él. Él y la noche.

Hacía frío. Más que frío, viento helado que barría las hojas y azotaba su cara. El viento despeinaba su pelo y le despejaba. Abrigado con una gabardina y una bufanda, combatía el aire con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Volvía la cabeza, inquieto al no ver nada ni nadie. Se paró. Oteó el cielo.
Qué curioso. El cielo no era azul, como él siempre había pensado. A la una de la madrugada, la noche oscura no era tan oscura. El cielo… ni azul, ni negro. Parecía más bien violeta. ¿Violeta? No, no, no. Era morado. Púrpura, más bien. Era un manto púrpura hecho de terciopelo, muy suave, muy suave.
Insufló aire por la nariz y sintió un escalofrío cuando llegó a sus pulmones, tan gélido. Reanudó la marcha mientras seguía mirando el cielo. Púrpura. Salpicado con estrellas, una aquí, otra allá, y la más brillante de todas justo encima de su cabeza. No había luna. La tibia luz de las farolas alumbraba a medias la calle en un tono amarillento y tristón. Apretó los labios y miró hacia arriba otra vez. ¿Quién decía que la ciudad no tenía estrellas? Él las distinguía a la perfección. Y reparó, con curiosidad, en las nubes blancas que había a lo lejos. Cómo era posible que se pudieran ver unas nubes en noche cerrada, no lo sabía. Pero allí estaban, flotando y alejándose de él.
Oyó a lo lejos el murmullo de coches y neumáticos, murmullo de ciudad. Y el aleteo de algún murciélago que volaba. Y el aullido furioso del viento. Y el silencio del manto protector de la noche.

Bajó la mirada y vio la calle que seguía, recta, y se perdía en la oscuridad. Se sintió invadido por una extraña sensación de libertad y calidez. Como si estuviera en un sueño tranquilo. Miró a su alrededor; el viento seguía pegando fuerte y las ramas de los árboles se mecían hacia un lado y hacia otro. Se desabrochó la gabardina con rapidez, se la quitó y la tiró al suelo. Comenzó a correr. Se llevó las manos a la bufanda y la soltó, y esta salió volando hacia donde el viento la llevase. Apretó el paso. Se deshizo igualmente de los guantes. No sentía los pies, las manos congeladas, la nariz, el vaho. Sólo sentía que dejaba el mundo atrás, que las casas pasaban rápidamente a su lado, que el frío se colaba entre su jerséy y su corazón y que la noche lo impulsaba a correr más y más y más. Creyó que volaba, cada vez más rápido, cada vez más alto, cada vez más lejos. Adiós, mundo, quiso decir. Pero sólo consiguió soltar una breve carcajada.

Laura TvdB, 1 de febrero de 2014.