jueves, 1 de agosto de 2013

La sonrisa y la serpiente.

¡Hola! Por lo menos un relato más para las vacaciones. ¿Qué tal van las vuestras, por cierto? Yo me voy de nuevo el 5, y probablemente no escriba nada más en este mes. Pero bueno, nunca se sabe, ¿no?
He escrito un nuevo relato. Tiene una temática... diferente, pero lo distinto creo yo que es la ambientación. Ubicaos: un mercadillo en la India hace cierto tiempo. Música asiática.
 Me han inspirado varias cosas, con mucha fuerza: la película Lagaan (en realidad, una canción y un baile. La película os la recomiendo), el personaje de Esmeralda en la película de Disney El jorobado de Notre Dame, y algo más, pero ahora no me acuerdo. Os dejo los dos vídeos que me han inspirado debajo del relato.

¡Espero que os guste!
Por cierto, este relato se basa en una novela que quiero escribir en un futuro muuuuuuy lejano. 

La sonrisa y la serpiente

Al ritmo regular de la pandereta y el timbal, la chica saltaba y bailaba con una elegancia sinuosa. Sus movimientos, engañosamente parsimoniosos, se parecían a los de la serpiente verde y brillante que tenía enroscada en el brazo. Sus pies descalzos se despegaban del suelo de vez en cuando, pero parecía que siempre estaban en el aire. Su sonrisa blanca contrastaba con el llamativo colorido de sus vestidos.
La música era atrayente como un imán, y muchas personas se quedaban paradas en la calle observando a esa jovenzuela bailando y moviéndose entre el suelo de tierra y polvo y las tiendas del mercadillo.
Ella no los miraba. Sus ojos oscuros no escrutaban a nadie, sino que se fijaban en el infinito, y a veces se cerraban. Notaba el tintineo de sus joyas chocar contra su piel, las miradas aprobadoras y reprobadoras de las gentes que, volviendo de hacer la compra semanal, se paraban a mirarla; pero no se fijaba en nada de eso. Su mente estaba metida en la música, en un sueño lejano, que, sin embargo, se le hacía cercano al bailar.
Pasaron los minutos y a ella se le antojaron segundos. Terminó la melodía y comenzó otra. Y ella seguía allí, bailando.
De pronto, el murmullo suave y los vítores de los espectadores se apagaron. Le llamó la atención, pero no se paró ni hizo amago de hacerlo. Siguió bailando incluso cuando los instrumentos dejaron de tocar. ¿Qué pasaría? Daba igual; ella podría seguir bailando hasta el fin del mundo, porque en ese momento todo lo exterior le daba igual.

--¡Para!--oyó, a lo lejos…
¿Y por qué tenía que parar?
Notó su serpiente deslizarse casi hasta su cuello. La cogió con las manos, sin abrir los ojos, y se la llevó de nuevo al brazo, esta vez al izquierdo. Volvió a sonreír abiertamente, y, casi sin aire, saltó especialmente alto, terminando con una postura elegante y decidida.
No oyó ningún aplauso. Abrió los ojos y la luz le hirió por un momento los ojos. Sí había gente a su alrededor, y la miraban de reojo. Y también miraban a…
Una persona estaba en el medio de la gente, y había abierto un boquete en la multitud. Sus ropajes, de tonos metálicos y demasiado brillantes, la cegaron por un momento. Se fijó mejor en él, los ojos inquisitivos de ambos estudiándose mutuamente.
Entonces lo reconoció. Era el hijo del sultán.
Su sonrisa tenía un destello de rebeldía e ironía. El hecho de que el propio hijo del sultán se parase a verla le daba exactamente igual. Era una persona como los demás. Un espectador cualquiera.
--¿Cómo te llamas?--le preguntó él, con una nota de arrogancia en su voz que a ella no le gustó un pelo.
Ensanchó su sonrisa y miró a los músicos para que siguieran tocando. Su mirada no admitía réplica y reanudó el baile, esta vez sin dejar de mirarlo.
--Detente, jovenzuela--le dijo él, aunque debería de tener la misma edad que ella--. He dicho que me digas cómo te llamas.
La gente los miraba, expectante. ¿Cómo se atrevía esa chica a ignorarle a él, el futuro sultán? ¿Dónde latía más el orgullo, en los gestos y la sonrisa de ella, o en la mirada de él?
--He dicho que te detengas. ¡Exijo que te detengas!
Ella bajó de la tarima y se acercó a él, sin dejar de moverse. Cogió de nuevo a su serpiente y se la tiró, con un guiño. Él la cogió en un acto reflejo y después la tiró al suelo, temiendo que fuese venenosa.
--¡He dicho que pares! ¡Guardias!
Pero ella no se dejó cazar fácilmente, y mientras seguía bailando, miró a ese joven rico y mimado con una profundidad que rayaba en el desprecio. Se acercó a él tanto que el chico logró oler su aliento fresco. Ella le susurró:
--No me puedes obligar a nada.
--Sí puedo--respondió él, incrédulo por su osadía.
--No, no, no. Yo soy libre. Y dime, ¿lo eres tú?

De nuevo le guiñó el ojo, dio un nuevo salto y se alejó corriendo entre las callejuelas, dejando un halo de gracia, misterio y libertad que asombraron enormemente al hijo del sultán.

Laura TvdB, 1 de agosto del 2013.

Vídeos que me han inspirado para escribir el relato:


Esmeralda bailando en la plaza.

Canción y baile de la película Lagaan (2001), donde los protagonistas expresan sus sentimientos a través de los dioses hindúes Radha y Krishna.
(Editado: he cambiado el vídeo porque el anterior estaba retocado; las voces eran más agudas y el ritmo más rápido. Esta versión, la "buena", no está subtitulada, pero mejor ver el original que uno que está... pitched, como se dice en inglés).

3 comentarios:

  1. ¡Hola, Laura!
    Voy a ser directa y a dejarme de florituras: creo que este relato es el que más me ha gustado de los que te he leído. A parte de que me ha enganchado desde un principio, creo que ha sido por la ambientación que le has dado y por el recuerdo lejano e infantil que tengo de "El jorobado de Notre Dame" :)
    Enhorabuena.

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  2. Definitivamente ella me ha recordado mucho a Esmeralda salvo en que la bailarina de este relato es realmente libre hasta el punto de dejar plantado a un príncipe con la palabra en la boca. Claro que le ha estado muy bien a ese presuntuoso.

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  3. ¡Holap! Sorry por haber tardado tanto en pasarme por aquí, pero las vacaciones me han vuelto un poco vaga. Como dice Sun, es uno de los mejores relatos tuyos que he leído, no sólo por la original ambientación, sino también por la caracterización de los personajes. La libertad que irradia ella, la arrogancia de él y el hecho de que ella sea realmente la que más poder tiene de los dos (aunque el otro sea el hijo de un sultán).

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