martes, 12 de febrero de 2013

Copas de cristal y sangre.

¡Hola! Aunque creo que mi número de seguidores ha bajado a menos de un cuarto, sigo publicando cosas (aunque a veces no sé para qué me esfuerzo...).
Quería escribir algo antes, pero los exámenes han podido conmigo. Y la inspiración no ha llegado (ni mi esfuerzo).
Os dejo un relato. Lo siento, porque de nuevo trato el tema de la muerte, la pérdida, la soledad... creo que me repito mucho, pero esta vez tengo un motivo: era para un trabajo de literatura universal. Algunas expresiones las he sacado de otros relatos del mismo estilo (Blanco, Miedo y valor...), el punto de vista es el mismo, la visión similar... ¡lo siento por ser menos original! Pero mi profesor no había leído Blanco ni nada, así que he hecho una recopilación, jeje. Después del relato he hecho una reflexión, pero me parece demasiado personal y no la colgaré en el blog.
Espero que no os canséis demasiado de mí, aunque sé que lo hacéis, y que opinéis. (Qué ilusiones).


Copas de cristal y sangre


Cerró la puerta tras de sí, jadeando.
Había salido del hospital corriendo, corriendo, corriendo, tan rápido como sus pies le permitían. Había huido de todo, de nada, de algo que se iba y se dejaba.
La desesperación había podido con ella y seguía carcomiendo poco a poco cada rincón de su alma. Observó el salón con la mirada perdida, sintiéndose extraña en su propia casa. Su móvil sonó, como había sonado en su carrera, pero no le hizo caso.
No sabía qué era aquello que la había obligado a irse. El saber, quizá, que ya nada la ataba a aquel hospital. Que aquella persona ya no estaba ni allí ni en ningún lado. Que no podía soportar esos rostros compungidos, desconcertados, llorosos, ese ambiente tan blanco, tan blanco… las sábanas, las paredes, el techo, las luces. Todo tan blanco… pero tan negro.

No oyó el sonido de sus propios sollozos. El repiqueteo sobre el parqué le hizo saber que estaba dando pasos hacia ninguna parte. Supo que estaba frente a la vitrina de copas porque se vio reflejada en el cristal.
Apretó los dientes. Miró lo que tenía enfrente y vio las copas alineadas con un orden perfecto. Pero eso no llegó a su cerebro; su mente, que volaba lejos de allí, le hizo recordar por qué había huido del hospital y por qué estaba en su casa, sola.
Más sola de lo que nunca había estado.
Se dejó caer al suelo, apoyándose en la estantería. Mientras se abrazaba las piernas, veía a su hermana enfrente de ella, sonriéndole, susurrando que todo iba a salir bien. Las lágrimas cayeron al suelo de madera una a una, mojándolo. Lágrimas de incomprensión, de soledad, de desconcierto.
Después de quedarse allí durante un tiempo indefinido, creyó oír el sonido de una llave girando el cerrojo. Su vista borrosa enfocó a su otra hermana, Lucía. Y su gesto no hacía más que asegurarla que Cris no iba a volver, que Cris nunca más iba a volver.
--Laura… --murmuró Lucía. No pudo decir nada más.
De pronto, la tristeza se evaporó y la rabia fue sustituyendo ese hueco relleno de nada. Se levantó, tambaleante.
--¿Por qué?--casi sonó como una afirmación. Su propia voz sonaba cascada, seca. Rota. Casi tanto como su corazón.
Lucía se tragó las lágrimas.
--Laura…
--¿Por qué se ha ido? ¿Por qué?
Su voz y su energía, consumidas por la rabia, se iban apoderando de cada fibra de su ser. Se apoyó en la vitrina, dejando sus huellas dactilares en el cristal impoluto. Abrió las portezuelas.
Eran tan bonitas, tan transparentes… tan frágiles.
Como lo había sido Cris.
El estallido de la primera copa contra el suelo sobresaltó a su hermana, que pegó un pequeño grito.
--¿Qué haces?
Ignoró las palabras como quien oye llover. Cogió otras dos y las tiró con toda su fuerza al suelo, sabiendo que, por cada chasquido que oía, el alma se le rompía un poco más, en diez, cien, mil, cien mil pedazos, frágiles como esas copas de cristal. Notó que se cortaba porque apretaba demasiado las copas, y  hacía que se rompiesen antes de tirarlas. Los gritos de su hermana se oían lejos, muy lejos, como un eco susurrante.
Cuando ya no quedó nada más, sus gritos se extinguieron, al igual que su fuerza, que le fue robada como en un suspiro.
Los gritos de Lucía mientras la sacudía le hicieron ver que seguía en esa dolorosa y cruel realidad. Veía su sangre mezclada con los trozos de cristal, el dolor abriendo paso y sumiéndola en un extraño trance.
Su hermana la sacudió con más energía y la miró, frunciendo el ceño.
--¡Para ya! ¡Para de una vez!
Tardó en ver que la que estaba histérica ahora era Lucía; quiso abrazarla, pero ella no la dejó. La cogió firmemente del brazo y la levantó.
--¿Eres estúpida? ¿Eres estúpida?--miró sus brazos ensangrentados, los cristales del suelo, su rostro anonadado. La voz se le cortaba.
--¿Por qué…?--preguntó Laura, parpadeando; aún no había vuelto de ese viaje lejano, cercano.
--¡No quiero perder a otra hermana, estúpida! ¡No quiero!
Laura bajó la cabeza, esta vez sí, concentrándose en las palabras de su hermana.
--¿Por qué?--repitió. Pero esta vez no sabía a quién se lo decía, si a Lucía o a sí misma.
--No lo sé, Laura. No lo sé. Pero no puedes venirte abajo.
Tragó saliva y se miró los brazos de nuevo. ¿Venirse abajo? ¿Y por qué no podía? En realidad, podía.
Podía.

Laura TvdB, 10-12 de febrero de 2013.