miércoles, 26 de diciembre de 2012

Miedo y valor.

¡Buenas y feliz Navidad!
He escrito un relato. Triste, muy triste, como vienen siendo mis relatos. Ya lo siento porque he escrito varios relatos así, pero es el sentimiento que mejor sé describir... creo. Es uno de mis géneros preferidos.
Este relato creo que es uno de los mejores que he escrito en los últimos meses, y me ha encantado escribirlo, y me ha encantado cómo ha quedado. Lo único que no me gusta es, como siempre, el título. Espero que a vosotros también os encante, y, por favor, comentad, opinad, por favoooooooooooor. Necesito saber qué gusta y qué no. Sé que otras entradas no lo merecen, pero creo que ésta sí.

Por cierto: esta escena forma parte de una novela que quiero escribir. Es exactamente la misma escena, la misma trama y los mismos personajes. Perdonad por repetir siempre los mismos nombres... son los que me gustan.


Miedo y valor

La habitación estaba en silencio, pese al pitido regular de la máquina que seguía los latidos de su corazón. Cristina se revolvió entre las sábanas, inquieta. Su mirada resbaló en la habitación hasta dar con la ventana y estiró el cuello para ver el parque, de tonos verdes, los niños jugando en la arena y los columpios y las madres con el bocata en la mano, intentando darles de merendar.
Sus manos se crisparon sobre el colchón y tragó saliva. Hacía dos meses paseaba también por ese parque, sin preocupaciones, con una sonrisa pegada a los labios y abrazándose a Daniel.
Suspiró, pero ese sentimiento de nostalgia no se fue con el aire espirado. Se encogió en la cama, sintiendo frío en sus piernas, preguntándose por qué los camisones de hospital eran tan finos. Evitó quedarse mirando los tubitos que entraban en su mano huesuda e intentó concentrarse en algo para distraer su mente de pensamientos negros sin fondo.
El colchón era demasiado blando y crujía. Echó de menos su cama y su habitación, más colorida que aquellas paredes blancas y desnudas, cuya única decoración era la araña que comenzaba a tejer su casa en la esquina del techo.
Oyó el «clic» del picaporte y giró la cabeza. Daniel cerró tras de sí y se acercó a la cama.
--Hola, hola--dijo, en voz baja. Esbozó una sonrisa suave--. Pensé que estarías durmiendo.
Cristina negó con la cabeza.
--¿Qué tal estás?--dijo él, cogiéndole la mano. Por lo visto, poco le importaban los tubitos y las agujas.
Cris no dijo nada, solo asintió un poco, dándole a entender que estaba bien. Pero ¿qué era «bien» para ella? Al fin y al cabo, seguía enferma.
--¿Sabes qué? Creo que tu perro ya no me odia. Me he cruzado con tu padre en la puerta y Encantador no se ha soltado de la correa para abalanzarse sobre mí.
No sabía cómo, pero Daniel lograba sacarle una sonrisa. Consiguió abrir la boca.
--Creo que de tanto llamarle así, ya no contestará cuando le llame por su nombre real.
--Es que el nombre de Rudolph es bastante doloroso. Sólo se permite para renos con narices rojas, no más. Es casi pecado llamar a tu perro así, ¿en qué estabas pensando?
--Pues en Papá Noel--contestó ella, desviando la mirada para fijarse de nuevo en el parque. Los niños seguían jugando, incansables, con sus regalos de Navidad.
Cayó un silencio pesado, que reinó durante largos minutos. Los dos sumidos en reflexiones mundanas y complejas a la vez. Cris, echando de menos los árboles de Navidad, y Daniel acariciándole la mano. Se podía decir tanto sin hablar… las palabras a veces dolían más que el silencio.
Cristina lo sabía. Sabía que no podían entablar una conversación, porque siempre acabaría en un silencio doloroso. ¿Qué vamos a hacer mañana? Dormir y quedarme aquí. ¿Qué tal las notas? No he ido al colegio este trimestre, lo sabes. ¿Qué te ha regalado Papá Noel? No tengo Papá Noel, sólo Reyes, y dudo que me regalen nada. ¿Qué quieres que te regalen? No quiero nada, sólo quiero curarme. Han sacado una nueva película en el cine, ¿quieres ir a verla? No puedo, también lo sabes. ¿Estás bien? A excepción de que me siento estúpida por no poder hacer nada, bien.

Cristina miró a Daniel. Era eso lo que más le gustaba de él. Nunca decía nada fuera de lugar. Sabía quererla sin decir ni una sola palabra. Sabía hacerla feliz en momentos así.
Bajó la cabeza, con el pensamiento de siempre rondándole en el cerebro. Observó detenidamente las arrugas de las sábanas para no mirarlo a él, porque no quería ver el gesto de tristeza, de infinita tristeza, que se formaba en las facciones de él cuando adivinaba sus propios pensamientos.
Daniel le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
--Oye, que estés en la cama todo el día no significa que no te tengan que peinar--dijo, con un tono divertido--. Ahora mismo te traigo un cepillo.
La mano de Cristina se engarfió en la de él, súbitamente. Daniel la miró un momento, sintiendo que el nudo que ya vivía en su garganta se hacía más grande. Se inclinó hacia ella y la abrazó. La acunó una y otra vez, mientras Cris se deshacía en lágrimas que hacían coro con los pitidos de la máquina. Daniel acarició el pelo de ella, le quitó las lágrimas, no dijo nada.
--No me quiero morir, Daniel--susurró ella, entre hipos--. No me quiero morir.
Su frase más repetida cobró intensidad mientras el miedo y la histeria se apoderaban de su corazón oprimido.
--¡No me quiero morir! ¡No quiero morirme!
Daniel enfrentó su mirada aterrada, su temblor.
--Cris, tranquila. Tranquila. Tranquila…
--Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo… ¡no me quiero morir!
--Tranquila, Cris--su voz sonó como un lamento.
Pasaron unos segundos en los que ella pareció calmarse. No se despegó de él.
--No me quiero morir. No quiero. No quiero.
Daniel la meció un poco más en sus brazos hasta que el cansancio pudo con ella. El esfuerzo de llorar y gritar la agotaban. Daniel la recostó en la cama, sin soltar su mano de la de ella. Sintió que sus ojos también se empañaban.
--Yo tampoco quiero que te mueras, Cris--murmuró, con voz ronca.
Acompañado del pitido de la máquina, lloró, agotado, temblando como ella, impregnado de dolor y desesperación.

Laura TvdB, 26 de diciembre de 2012.

3 comentarios:

  1. Que desesperanza mas gorda reflejas esta vez. Se nota que es lo tuyo. Se siente el miedo y la impotencia de ambos ante la situación. De lo mejor que has sacado.

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  2. Un relato impecable. Me has transmitido el dolor y la impotencia de ambos, la tristeza, el amor que se profesan... Me has dejado sin palabras. Te pongo un diez en este relato. Voy a leer la segunda parte.

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  3. Increíble, me lo he imaginado todo y hasta sentido el dolor. Tan realista que he de felicitarte *__*
    Seguiré leyendo :)

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