sábado, 22 de septiembre de 2012

Evasión a escondidas.

¡Muy buenas! Llego hoy con un relato ambientado en la Edad Media. Ahora que estoy dando el Romanticismo a fondo me doy cuenta que mis escritos tienen muchas de sus características. En fin... siempre lo he dicho: el Romanticismo y Bécquer son mis aliados y mi base.
La protagonista es una chica llamada Lavinia, un personaje que quiero plasmar en una novela que tengo como un futuro proyecto... cercano. Cosas mías, pero bueno, no tiene casi nada que ver con la novela. Espero que os guste, que opinéis y disfrutéis con la lectura.

Evasión a escondidas


Miró por la ventana. El patio estaba vacío y no se veía un alma. ¿Sería demasiado arriesgado si…? Apoyó las manos en el alféizar. La piedra fría le hizo despertar un poco de su aire soñador. Sacudió la cabeza y apretó los labios, dudosa. Su mirada resbaló sobre su vestido. Cogió una orla con los dedos y se levantó, mirando a su alrededor. Fuera, la lluvia arreciaba y salpicaba las piedras del patio. Cerró las cortinas para que no entrara el agua.
Echó un rápido vistazo a su habitación y, decidida, se agachó para coger la ropa escondida de debajo de la cama. Tenía miedo porque podrían descubrirla, pero su deseo era más fuerte. Se escondió detrás del biombo y empezó a desatarse los cordeles de su espalda, no sin cierta dificultad. Se quitó el vestido y se puso la camisa, los pantalones y las botas de cuero. Jadeaba por la expectación, el esfuerzo y las prisas. Al agacharse para ajustarse las botas, oyó un ruido desde el pasillo. Contuvo la respiración, casi ahogándose. Llamaron a la puerta. Cerró los ojos con intensidad y no contestó.
--¿Lavinia?—la voz de su madre sonaba al otro lado de la puerta.
Al no oír contestación, entró. Miró a su alrededor.
--¿Lavinia?—repitió, esta vez con un tono inquieto en su voz.
Lavinia apretó los dientes, agachada detrás del biombo. Por suerte, no había dejado el vestido colgado del ala de éste, sino arrugado en el suelo. Su madre anduvo unos pasos y, tras cerciorarse de que su hija no estaba en su habitación, dio la vuelta y cerró la puerta con un certero golpe. Lavinia expiró todo el aire que tenía en los pulmones. Se levantó lentamente, suspirando. Su madre la estaba buscando. Eso significaba que tenía que ser rápida y discreta. Y que al volver… tendría un problema.
Pero le daba igual. Merecería la pena.
Casi de puntillas, se encaminó hasta llegar a la puerta. Sus botas, de todos modos, sonaban con un repiqueteo metálico. Se subió los pantalones, que le quedaban grandes y se le caían. Se ajustó el cinturón.
Giró el picaporte. Sonó un «clan» que retumbó demasiado. Se mordió el labio. Abrió con rapidez para que las bisagras no gimieran mucho. Se asomó. No había nadie. Cogió aire y salió corriendo. Sus botas retumbaban como si se celebrara una corrida de caballos, o eso pensó ella. Bajó por la escalera de caracol deprisa, tan rápido como le permitían sus pies. Su mente también trabajaba a una velocidad vertiginosa: si su madre sabía que no estaba en su habitación, iría directamente a las cuadras, para revisar si… ¿cuánto tardaría en eso? Conociendo sus andares lentos, su pesado vestido, sus pasos de dama elegante… el doble que ella.
Llegó abajo al fin y abrió la segunda puerta con cuidado. Se asomó un poco al patio para ver si se acercaba alguien: un criado, un palafrenero o incluso su madre. Pero no había nadie a la vista. Hinchó sus pulmones de oxígeno y valor y cruzó el patio como una exhalación. El eco rebotaba en las murallas pétreas y multiplicaban el sonido de sus pasos, desesperándola.
Entró en las cuadras. Se agachó al ver una figura unos metros más allá. La montaña de paja no le permitía ver quién era, pero oyó su voz, que hablaba con alguien:
--Menos mal que estás aquí. Lavinia no se comporta como la dama que debe ser… ¿dónde estará?
Sin lugar a dudas, era su madre. Espió por un lado y la vio palmeando a su yegua. De modo que estaba en lo cierto; su madre había ido a asegurarse.
La vio alejarse en dirección al portón principal y suspiró, aliviada. Esperó unos segundos. Se tendría que dar mucha prisa. Se levantó de un salto y, corriendo, fue a acariciar a su yegua.
--¿Preparada, Nisha?—preguntó. La adrenalina empezó a hervir debajo de su piel. Corrió a coger la silla de montar. Jadeando, la colocó sobre el animal; sus manos temblaban del nerviosismo al atar las cuerdas y hebillas. Cualquier criado que se pasara vería que había algo extraño en ese caballo. Las riendas, la silla, los estribos.
Visualizó su camino hacia la salida mientras cogía a la yegua y la arrastraba hasta las puertas del establo. Una vez allí, respiró profundamente y montó. Flanqueó al animal, que relinchó.
--¡Shh! ¡Vamos, Nisha, vamos!—urgió, entre susurros; aunque hablar bajo ya no sirviese de nada.
Los cascos resonaron en el patio. Un palafrenero salió para ver qué pasaba.
--¡Vamos, Nisha!—gimió Lavinia, echando la vista atrás.
Aún pudo oír el grito de alerta del criado cuando su yegua salió a galope, atravesando la puerta principal mientras los guardias se levantaban, desconcertados.
El puente levadizo crujió bajo su peso. Ya oía el ajetreo que su evasión había provocado. Una dama noble no se escapaba para montar a caballo sola, con ropas de hombre, rechazando las tareas que debía hacer.
Respiró el aire gélido y húmedo del invierno y se puso de pie sobre los estribos mientras Nisha seguía galopando por la llanura, en dirección contraria a la aldea. Lavinia abrió los brazos, manteniendo el equilibrio, y cerró los ojos. Su largo pelo ondeaba al viento y se sentía empapada, las gotas salpicando su cuerpo y su alma.
Lavinia soltó sin quererlo un grito de júbilo.
Una dama noble no debía hacer eso, no.
Pero ella amaba la libertad.

Laura TvdB, del 20 al 22 de septiembre de 2012.

1 comentario:

  1. Señorita de buena posición busca libertad. Es evidente, después de leer muchos de tus relatos, que te gustan las jóvenes que se rebelan contra las normas de su tiempo. Rompes los esquemas. Me recuerda al personaje de Regina en Once upon a Time, ella también quería ser libre y montar como una amazona en lugar de tener que casarse con el estúpido del rey.

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