sábado, 3 de diciembre de 2011

Incursión prohibida.

Despertó de pronto, con un jadeo. Era noche cerrada. Se incorporó en la cama, sudorosa. Le costaba respirar normalmente y la tela del camisón se pegaba a su pecho. El bochorno era palpable y la humedad del ambiente no mejoraba la situación.
Suspiró. Se levantó y sintió un poco de frialdad inmediata. Sus pies descalzos caminaron por las baldosas de mármol. Tanteó en busca de un farolillo. Lo encendió y recorrió los pasillos del castillo en silencio. A sus lados desfilaban retratos de sus antecesores, que posaban en actitud regia, pero bajo la tenue luz del fuego parecían oscuras sombras que la hicieron estremecer.
Llegó a la escalera de caracol y la bajó sin titubeos. No tenía un rumbo fijo, y se dejaba llevar por sus pasos.
Llegó al portón que daba al patio. No podría ir más allá; la arena y las piedras le harían daño en sus pies delicados.
Algo furtivo hizo que entornara los ojos. Habría jurado que había pasado una sombra oscura por la pared del patio.
Alzó el farolillo y bajó el escalón que la separaba del patio. Frunció el ceño. Tal vez había sido un perro, o un animal. Aun así, esa hipótesis no la convenció del todo. Iba a darse la vuelta cuando algo le tapó la boca y le apagó el farolillo. Su grito quedó ahogado por una mano enguantada que apestaba a cuadra. Su corazón latía demasiado rápido, e hizo varios intentos para calmarse.
--No te muevas, damisela, o te costará caro—dijo una voz masculina en su oído. Su voz era ruda y hosca.
Asintió débilmente. La presión no cedió, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para poder respirar por la nariz. Le llegaba poco aire, y el que llegaba era caliente y apestaba. Tragó saliva. Sus manos temblaban.
Le dieron bruscamente la vuelta. Miró con ojos como platos a su captor. No lo veía. «Estúpida oscuridad», pensó, en un escaso momento de lucidez. Se revolvió, pero su opresor no se inmutó. Tenía unas manos y unos brazos de hierro.
Se le llenaron los ojos de lágrimas de congoja.
--Damisela, ¿dónde está el conde?
«¿Mi padre?», pensó, con pánico. «¿Quiénes son? ¿Qué quieren?».
--¿Dónde está? Como grites no vivirás para decirlo.
La mano se retiró. Ella respiró una bocanada de aire puro.
--En su habitación—contestó con un hilo de voz.
--¿Y dónde está su habitación?
Apretó los labios. No sabía quién era, pero quería asesinar a su padre, lo sabía seguro. No iba a soltar prenda.
--Habla, niña, o te pego un manotazo que te dejará tonta de por vida.
Sentía que se ahogaba.
--Subiendo por esa puerta, por las escaleras y atravesando el primer pasillo—las palabras salían en tropel por su boca sin que ella las permitiera--. La primera a la derecha.
--Muy bonito.
La soltaron con brusquedad y ella perdió el equilibrio y cayó al suelo. Adoptó una postura fetal de forma instintiva y perdió el sentido.

El incendió arrasó el castillo y sus alrededores unas horas después. Los campesinos habían acabado su revuelta contra su dueño.
En ese castillo no quedó una sola alma viva.

Laura TvdB, 3 de diciembre de 2011.

4 comentarios:

  1. Me ha recordado a las revueltas entre moriscos y cristianos de ese siglo.

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  2. Mola, mola mucho. Siempre se suelen escribir cosas sobre los señores y damiselas de grandes castillos, historias de amor entre ellos, etc, pero ¿y la verdadera historia, la de los campesinos y gente que sacaba el país adelante? Me encantó el final. ¡Un beso!

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  3. Me gusta no suelo encontrar historias ambientadas en este mundo, es original

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  4. Yo también opino que es original y la parte en la que va por el pasillo y ve los retratos de sus antecesores es la que más me gusta.
    El final está bien, aunque para mi gusto un tanto precipitado.

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